jueves 19 de noviembre de 2009

19 noviembre 2009

Conversación en La Catedral

Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?

Las preguntas
El ‘examen de conciencia’ con que inicia la novela es engañosamente místico. Esta novela, empresa ambiciosa que vio la luz cuando Mario Vargas Llosa contaba apenas 33 años, es su aproximación personal al Perú que está a punto de caer abatido ante la corrupción política, moral y social del país, y que se resiste entre los últimos estertores a todo intento de redención. Con todo, la novela no es formalmente hablando una ‘novela histórica’.
‘La Catedral’ es sólo un ‘bar de pobres’, una cantinucha de mala muerte, donde el heredero de una familia colaboracionista conversa largamente con Ambrosio, armando y recuperando cada uno de los momentos que ha vivido siendo primero Santiago Zavala y finalmente ‘Zavalita’.
La historia entreteje varias historias a la vez, cada una con su propio ritmo y su propio tiempo, bajo una mirada diferente que enriquece la visión de los dos interlocutores: lo que para Zavalita es un retroceso, un hundimiento continuo al que no puede escapar -como si se tratara del guión ya previsto de una novela de bolsillo de los años cincuenta o una editorial amarillista de las que él escribe para ‘La Crónica’-, para Ambrosio es la liberación constante y definitiva de alguien que se sabe indefenso ante la muerte, remedio, solución y salida a todo lo que ha vivido.
La oposición de Zavalita a los manejos políticos de su padre cristaliza en su ingreso a la Universidad de San Marcos, donde él verá y vivirá la represión ejercida por la dictadura de Odría, siendo esta época la etapa que ha de marcar decisivamente el resto de su vida, arrancándole irremediablemente del seno familiar.
Aunque plagada de preguntas, la novela de Llosa no es tan sólo un análisis de la situación vigente en el Perú de entonces, es también la reflexión y expresión atenta de quien asiste al término de una época histórica, y al principio de otra.



Odría, la oligarquía y el pueblo
El caso de Odría merece un apartado exclusivo.
La historia de su llegada al poder se remite hasta el año 1945, cuando José Luis Bustamante y Rivero asume el cargo de Presidente del Perú, apoyado por la Alianza Popular Revolucionaria Americana o APRA. Al poco tiempo se dieron grandes desacuerdos entre Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA, y el presidente electo, desacuerdos que terminaron en la resolución del presidente de disolver su gabinete aprista, reemplazándolo por uno de índole marcadamente militar. Entre los militares, Odría fue llamado a ejercer el cargo de ‘Ministro de Gobierno y Policía’, desde el 12 de enero de 1947.
Para entonces, Odría mismo y algunos otros elementos del gabinete pedían al presidente la proscripción del APRA, a lo que el presidente respondió con una negación absoluta. Esto causó inconformidad en Odría, quien orquesta el golpe de estado llevado a cabo el 29 de octubre de 1948, medida que también le permitiera realizar su deseo de proscribir al APRA y encarcelar a sus principales líderes, declarando además la supresión de las garantías individuales y emitiendo una Ley de Seguridad Interna, para afianzarse definitivamente en su puesto con la complacencia de la oligarquía del país.
Esta empatía duró poco; Odría abandona su actitud complaciente y enfila en dirección contraria, hacia un populismo que le franqueó la simpatía de la clase baja y los más pobres aunque dicha simpatía en los últimos años de su mandato –conocido también como ‘ochenio’- fue reemplazada por el temor de que su gobierno dictatorial se eternizara. La suerte le sonrió en su periodo gubernamental, marcado por una sobresaliente prosperidad económica.
Se dice que la decisión de llamar a elecciones generales en 1956 y el anuncio de su decisión de no asistir a las mismas en papel de candidato tomó al Perú por sorpresa. Sea cual fuere la causa para que decidiera esto, su gobierno fue un vaivén continuo entre el crecimiento económico, la simpatía popular –misma que se granjeó con medidas como la tomada el 7 de septiembre de 1955 cuando concedió el derecho al voto a las mujeres- y la corrupción generalizada en todos los ámbitos gubernamentales, así como la sistemática supresión de los derechos civiles de sus perseguidos y adversarios.
Esta es la época y los acontecimientos políticos que Mario Vargas Llosa retrata fielmente en su novela, publicada en 1969.


El color del corazón
-¿No te das cuenta que te puedes quedar toda la vida de empleadito? -dijo el tío Clodomiro, consternado-. Un muchacho como tú, Flaco, tan brillante, tan estudioso.
-No soy brillante, no soy estudioso, no repitas a mi papá, tío -dijo Santiago-. La verdad es que estoy desorientado. Sé lo que no quiero ser, pero no lo que me gustaría ser. Y no quiero ser abogado, ni rico, ni importante, tío. No quiero ser a los cincuenta años lo que es mi papá, lo que son los amigos de mi papá. ¿Ves, tío?
‘Zavalita’ es el heredero de una generación que no pensaba en función de ‘moralidad vs. inmoralidad’ o ‘ética vs. no ética’, sino del ‘beneficio contra inversión’ o el ‘interés contra capital’.
Ante los ojos de su padre y de su familia, los cuestionamientos sobre el sentido de la vida inmersa en la opulencia basada sobre todo en la injusticia constante y atropellos contra el pueblo, empleados y subalternos, no tienen razón de ser. La apariencia, la imagen que se impone a los demás es lo único válido, y lo que ocurre tras las cortinas, en la soledad de la alcoba, es secreto a voces pero secreto a fin de cuentas, celosamente guardado, como una confesión firmada sin fecha que tarde o temprano habrá de ver la luz.
“-No es tu culpa, no es tu culpa -gimió don Fermín-. Tampoco es mi culpa. Un hombre no puede excitarse con un hombre, yo sé.” La homosexualidad de Fermín, el padre de Santiago, es el único punto débil que puede encontrarse en ese hombre que juega a los negocios con el régimen caprichoso del dictador en turno.
El único que puede testificar es Ambrosio, el empleado más cercano a Fermín, y también el más lejano de todos: es el chofer de la familia, y el amante del próspero hombre de negocios.
“-Se pone de rodillas ¿ve? -gimió Ambrosio-. Quejándose, a veces medio llorando. Déjame ser lo que soy, dice, déjame ser una puta, Ambrosio. ¿Ve, ve? Se humilla, sufre. Que te toque, que te lo bese, de rodillas, él a mí ¿ve? Peor que una puta ¿ve?
Queta se rió, despacito, volvió a tumbarse de espaldas, y suspiró.
-A ti te da pena él por eso -murmuró con una furia sorda-. A mí me da pena por ti más bien.”
La maestría de ese temprano Vargas Llosa es evidente: remata sus historias con el acierto y el olfato que todo buen escritor afina sólo en la batalla implacable y constante que es toda escritura continua y de grandes proporciones. Quizá uno de los retos más difíciles a que se enfrenta Vargas Llosa en esta novela es al trazo delineado de personajes que ostentan una carga sentimental y emocional tremenda, mientras en el entramado principal de la novela son como piezas impasibles de un ajedrez impecablemente labrado en roca.

El futuro
Los días de Ambrosio están marcados por la tragedia de la sangre, el dolor y los gritos de los animales a quienes sacrifica inhumanamente con el pretexto de la rabia: metiéndolos en un saco y dándoles de garrotazos hasta que mueren. “Los hombres tienen ya los garrotes en las manos, ya comienzan uno-dos a golpear y a rugir, y el costal danza; bota, aúlla enloquecido, uno-dos rugen los hombres y golpean. Santiago cierra los ojos, aturdido. -En el Perú estamos en la edad de piedra, mi amigo -una sonrisa agridulce despierta la cara del calvo-. Mire en qué condiciones se trabaja, dígame si hay derecho.”
Mario Vargas Llosa ha escrito una novela redonda, que responde inesperadamente cada uno de los cuestionamientos que pueden leerse en las páginas iniciales, con un personaje que es también el Perú pobre y desesperanzado de hace cincuenta años: Ambrosio. El futuro para él, para Zavalita, para todo el país, es incierto:
“¿Y cuando se acabara la rabia se acabaría tu trabajo en la perrera, Ambrosio? Sí, niño. ¿Y qué haría?
Lo que había estado haciendo antes de que el administrador lo hiciera llamar con el Pancras y le dijera okey, échanos una mano por unos días aunque sea sin papeles. Trabajaría aquí, allá, a lo mejor dentro de un tiempo había otra epidemia de rabia y lo llamarían de nuevo, y después aquí, allá, y después, bueno, después ya se moriría ¿no niño?”



Ad notanda

El enemigo de Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa ha dicho, en varias entrevistas, que la escritura de sus novelas más ambiciosas, como La casa verde, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo, ha sido dolorosa y febril, por partes iguales. Específicamente, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo debieron terminar por circunstancias ajenas al escritor, principalmente debido al cansancio.
Si es verdaderamente asombrosa la capacidad de trabajo que ha demostrado al publicar en espacios brevísimos de tiempo algunas de sus obras mayores como La ciudad y los perros en 1963, La casa verde en 1965 y Conversación en La Catedral en 1969, más asombroso resulta constatar la serie de recursos e imaginación empleados por Vargas Llosa en sus distintas novelas y la galería exuberante de personajes que son ya parte fundamental de la narrativa latinoamericana de la segunda mitad del siglo pasado, y del siglo presente.
Veneno y antídoto, en una entrevista concedida a Alonso Cueto y publicada en ‘El Comercio’ de Perú el 14 de mayo del 2000, Vargas Llosa se permite una confidencia. Cueto recuerda: “Me dice que la única manera de combatir el cansancio del final de una novela es embarcándose en otra.” Y transcribe las palabras de Vargas Llosa, inesperadas, cálidas y humanas:
“Además tengo muchas historias en la cabeza y por primera vez siento que me va a faltar tiempo para terminarlas. Es algo que no sentía antes. A lo mejor es el primer síntoma de la vejez.”
Vargas Llosa ha peleado y continúa peleando en buena lid contra sus enemigos, y sobre todo en contra del cansancio. Qué duda cabe.






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jueves 12 de noviembre de 2009

12 noviembre 2009

Un sueño barroco

Nutrida con frecuencia de las más oscuras, olvidadas y ocultas elucubraciones de la psique, la cantidad de obras literarias que giran en torno a los sueños sólo pueden ser superadas en número por las debidas a la muerte y al amor, eternos antagonistas.
Desde las primeras y más tempranas aproximaciones a este género, como el ‘Somnus Scipionis’ escrito por Cicerón, hasta las más intrincadas y difíciles como ‘Sylvie and Bruno’ de Lewis Carroll, las obras de carácter onírico denotan una extraña cantidad de rasgos comunes que pueden resumirse en la libertad incondicionada del mundo soñado como contrapuesta a la asfixiante realidad de un mundo oprimido por sinfín de normas y reglas y no obstante, tanto o más absurdo que el otro.

El sueño de la razón
Enigma entre enigmas, el Primero sueño de Sor Juana Inés de la Cruz se yergue en su obra como si fuese un obelisco, retrato exacto de algún dibujo tomado de los libros de Atanasio Kircher. Sor Juana llegaría a afirmar retóricamente que su obra completa se debía a peticiones y encargos expresos, exceptuando el Primero sueño: ‘Yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos, de tal manera que no me acuerdo haber escrito por mi gusto si no es un papelillo que llaman el Sueño’. La exageración de esta afirmación resalta no el gusto descuidado y distraído, sino la concentración y el empeño de quien se esmera y vierte su mayor esfuerzo sobre una obra cualquiera.
Se considera al Primero sueño como un poema filosófico, más a tono con la poética filosófica o filosofía poética clásica griega y latina, que como un poema lírico, escrito en un arrebato sentimental o melancólico.
Las aproximaciones que se han vertido en los últimos cien años sobre el texto han podido esclarecer un tanto –sin agotar- el sentido del poema, que sólo puede ser aprehendido cabalmente si se toma en cuenta el monstruoso caudal de conocimientos que en el momento de su escritura Sor Juana empleó en los versos, y si no se excluye el análisis profundo de la situación de la mujer y la valía de su intelecto en la época histórica que le toca vivir.
Octavio Paz en su magnífico ensayo ‘Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fé’ aborda el Primero sueño desde una perspectiva simbólica, elaborando una hermenéutica que debe mucho a los emblemas de Pierio Valeriano y a la imaginería sorprendente que Sor Juana toma directamente de los libros de Kircher y la tradición hermética.
Un par de años después, otro estudioso del poema de Sor Juana nos legaría su análisis, esta vez desde el punto de vista científico, demostrando una vez más las profundas raíces del saber enciclopédico de Sor Juana. Elías Trabulse dedica varias notas marginales del tomo segundo de su ‘Historia de la ciencia en México’ a explicarnos por qué ese poema no tiene equivalente en su tiempo: ‘Los conocimientos considerados heterodoxos se desarrollaron a la callada y tuvieron como paradigma las creencias mágicas introducidas a través del jesuita Kircher, de quien Sor Juana era vehemente lectora, en su Musurgia Universalis que inspiró la sección científica del Primero sueño.’

La física y el jeroglífico
Octavio Paz no puede dejar escapar a la tentación de ver en el Sueño de Sor Juana la lucha y búsqueda incesante del alma que pretende alcanzar las esferas superiores, esas que por su naturaleza misma –mujer y más aún, ‘mujer de claustro’- le estaban vedadas en un mundo marcado por la exclusión sistemática de lo femenino. Y en todo caso, cuando lo femenino aparece en escena, estará siempre supeditado a lo masculino, jamás en rivalidad, y mucho menos en superioridad evidente.
La única salida que tiene esta mujer la obliga a saltar sobre cualquier convencionalismo, transgrediendo las reglas mismas y el orden establecido, al escribir un poema que bajo el engañoso título de ‘Sueño’ engarza pieza por pieza la escala que le permitirá no sólo sobresalir en el mundo masculino en el que se desenvuelve, sino más aún, alcanzar lo que a todo interlocutor vecino está prohibido. Si la simpatía que siente por el sabio jesuita alemán aparece en gran cantidad de versos de este poema, ella supera el argumento de los libros leídos y aprendidos de memoria para hacer de su poema un verdadero espejo del mundo y de la razón empeñada en sobrepasar la esfera de la materia.
Sería en 1983 cuando Elías Trabulse emprendería su aproximación al Sueño, con métodos que al mismo Octavio Paz pudieron haber resultado, si no escandalosos, sí por lo menos reprobables: en vez de analizar uno por uno los 976 versos que componen el poema, inicia con la sección más ‘científica’ del texto [a partir del verso 192], resaltando y rescatando cada uno de los elementos que Sor Juana introduce y explicando también hasta que punto la visión del alma atormentada del poema es la imagen fiel del intelecto acuciado por las distintas dudas, incertezas, y también seguridades, creencias y confianzas.
Ambos, Paz y Trabulse, son los extremos del amplio especto de interpretaciones, aproximaciones y explicaciones que se han hecho sobre el mismo texto.

El claustro y el laberinto
De habérsenos conservado una copia de ‘El caracol’ probablemente poseeríamos dos obras cumbre en la amplia producción literaria de Sor Juana. El caracol pretendía ser un compendio de armonía; se sabe que Sor Juana fue ejecutante de varios instrumentos musicales, y algunos poemas que se nos han conservado versan directamente sobre el asunto de la música, demostrando el dominio que poseía sobre esta materia.
Pamela H. Long en su ensayo ‘De la música un cuaderno pedís: Musical Notation in Sor Juana’s Works’ clarifica estos asuntos:
“Sor Juana Inés de la Cruz (m. 1695, México) vivió, escribió, estudió y compuso música durante una época de intensa experimentación en los aspectos prácticos de la música, sobre todo en lo relativo a armónica (sic), notación, composición e instrumentación, además del desarrollo de la ópera. Lorente, Mersenne, Ronsard, Galilei, Zarlino, Cerone y Kircher habían intentado codificar el sistema de la representación de las notas musicales, y Sor Juana versó sobre muchos aspectos relativos a la práctica de la notación musical. Compuso un tratado titulado El caracol, en el cual procura simplificar el sistema de la escritura musical como se practicaba en la época.”
El caracol es laberinto y conlleva también, siempre, una salida.
Esta faceta de la vida de Sor Juana, minimizada frecuentemente sobre todo por la crítica con tintes meramente literarios, nos obliga a reflexionar el papel que la ciencia y la razón juega a lo largo de la obra de Sor Juana. Si bien es cierto que varios poemas y versos de la pluma de Inés se debieron a encargos explícitos de la nobleza virreinal, también es cierto que estos mismos encargos le valieron la posibilidad de escribir sobre temas que no siempre tocaban el amor y asuntos sacros, incluyendo con frecuencia temas eminentemente profanos y cortesanos en sus escritos.
El que sería un discurso filosófico, Imago mundi, toma forma de poema, permitiendo a la poetisa establecer de una vez por todas su valía entre los grandes de su tiempo, atacando no de frente –hecho imposible debido a las vigentes restricciones del Nihil obstat imperante y en manos de clérigos cuyo saber dejaba mucho que desear- sino desde el bastión de lo femenino –la poesía- a lo masculino –el discurso escolástico-, dejándola bien librada en este trance.
En cambio, el pretendido compendio de armonía al parecer se trataba de una obra más acorde con los manuales escolares y libros de texto en uso, lo que a su vez sería simultáneamente fuerte restricción y gran reto: abordar científicamente lo que en el papel y la teoría puede ser abarcado con leyes que deben mucho a la escuela pitagórica, aunque la ejecución y vivencia se deba sobre todo al estado anímico del ejecutante.
Sor Juana pudo hacer, mediante un virtuoso y bien afinado olfato para las cuestiones prácticas, un coto en el convento que le permitió escribir en el como si estuviese en su bastión más seguro y emprendiendo no obstante, a cada momento escaramuzas fuera de la seguridad de aquellos muros, escaramuzas que llegó a ganar ante el público, y que le acarrearían los dolores, altibajos y tropiezos que son ampliamente conocidos.
Citando de nuevo a Trabulse:
‘La importancia que Sor Juana da a los números como clave, nos indica su inmersión (no sabemos si explícita) en las doctrinas pitagóricas. Lo mismo ocurre con su interés por las proporciones y sus explicaciones basadas en el orden de las vibraciones musicales. Debe considerarse seriamente el estudiar estas influencias pitagóricas y herméticas de la poetisa para poder entenderla cabalmente, pues son inseparables de su afición a observar fenómenos particulares, la cual sería la nota más “moderna” de su criterio científico.’

Sor Juana sueña a Inés
Maravillada por la Combinatoria de Kircher, Sor Juana crea un verbo, ‘kirkerizar’: a tanto llegó su asombro y admiración por el jesuita. Y si el sueño puede ser leído como el ascenso del alma y el intelecto desde los más groseros elementos y humores hasta la contemplación extasiada de la gran fábrica del mundo, también es cierto que Sor Juana se permitió soñar a Inés, liberada de su cuerpo de mujer, y remontando sobre la prisión de la materia inerte.
Travesía desgarradora, Sor Juana despierta al final del poema, recluyendo a Inés de nueva cuenta en el claustro, en su cuerpo, en su tiempo. Aunque no todo está perdido: el ‘Sol madeja hermosa’ distribuye su luz al mundo nuevamente iluminado: aún queda la belleza.


AD NOTANDA

Sor Juana Inés de la Cruz y la ortodoxia
Después de 1990, y coincidiendo con la conmemoración del V Centenario de la llegada de Colón a América, comenzaron a ver la luz distintos estudios donde se resaltaba un aspecto ignorado en la vida y obra de la poetisa, y que Paz vislumbró en su ensayo antes mencionado. Comenzó a hablarse de la posibilidad de que la familia de Sor Juana fuese conversa, habiendo sido originalmente una familia judía.
Esto explicaría varias cuestiones que dejan de parecer insolubles si se piensa en la adopción de la vida religiosa más como la mejor opción para disipar las dudas sobre un probable oscuro origen judío, que el mil veces resaltado aspecto práctico de la decisión tomada por una mujer que quiere saber lo que saben los hombres en una época donde esto era prácticamente imposible.
Otra de esas cuestiones antaño insolubles la aborda Robin Ann Rice en un ensayo sin fecha escrito para la Universidad de las Américas, donde abunda sobre el tema de la fuerte influencia que tuvo la Escuela de Alejandría, y más específicamente Clemente, San Gregorio y Orígenes, en la poetisa mexicana:
“En resumen, a mi juicio, sor Juana rompió todos los moldes cuando optó por usar a Narciso como figura cristológica en su auto El divino Narciso. Primero, porque esta figura mitológica en particular no tenía ninguna tradición mística o sagrada como los protagonistas de otros autos como Orfeo, Jasón, etc. Por lo tanto, tuvo que recurrir a Clemente y Orígenes para idear su propia metamorfosis de Narciso en Cristo. El resultado es una transformación fortuita de Narciso en Cristo por medio de la transformación de Narciso en una especie de Logos mundano, un Cristo convertido en Logos que desencadena su propia muerte cuando el Logos crea a una Naturaleza Humana en la imagen de Dios.”
Estamos, en efecto, un paso más allá del judaísmo, aunque este cristianismo simbólico tenga muy poco de ortodoxo.












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jueves 5 de noviembre de 2009

05 noviembre 2009

Mé-xi-co

Caudales de tinta han empapado las hojas de libros, tomando la forma de concienzudos ensayos, diatribas, disertaciones u opúsculos históricos, tratando de dilucidar lo que se esconde detrás de esa palabra engañosamente clara.
Gutierre Tibón emprendió el resumen de las teorías y explicaciones, que tomaron la forma de reflexiones en torno al nombre y la no menos difícil y oscura fundación de la ciudad, en una obra monumental titulada ‘Historia del nombre y de la fundación de México’, donde, en poco menos de novecientas páginas, va demostrando la cada vez más huidiza etimología que encierra esa palabra total, segundo nombre de nuestro país, y aún no oficializada por los gobiernos en turno.

Los nombres
Si pensamos que el libro de Tibón es una árida mescolanza de datos dispersos, estaremos minimizando una obra que resuma frescura, ingenio, y una erudición que parece más anécdota que cita bibliográfica. Y aunque el tema de su búsqueda, y la dirección de la obra está bien definida, el autor enriquece el libro con observaciones propias que ayudan muchísimo a esclarecer hasta dónde el alcance de esa oscuridad aún nos alcanza, y está lejos de ser sobrepasada.
En el turbulento año de 1970 acude a una marcha, y nos confiesa maravillado, que el antiguo grito de guerra sigue escuchándose en las tierras aztecas, brotando contundente de cada garganta. Esto sucedía 646 años después de la fundación de México, el 7 de junio de 1970: ‘Una multitud radiante por una victoria en cierto tlachtli jugado contra la gente de Cuzcatlan e Izalco, gritaba enardecida, escandiendo las sílabas: ¡Mé-xi-co, Mé-xi-co! Había una mezcla de alegría y de amenaza en sus voces; faltaba la segunda parte del nombre, Te-noch-ti-tlan; pero era en sustancia el viejo grito de guerra azteca como lo habían oído, justamente aterrorizados, los habitantes de Orizaba, en tiempos del hueitlatoani Ilhuicamina, y como lo oyó, dese lo alto de un teocalli en Xochimilco, cierto capitán español, de apellido Cortés, en tiempos del hueitlatoani Cuauhtémoc.’

Los extremos se tocan
Si el ejemplo anterior pareciera brotar de alguien que escribe enfebrecido y cegado una recopilación, reseña o semblanza sobre el nombre de México y los sucesos acaecidos alrededor de su fundación, en otras partes del libro establece lo cerca que está el nacionalismo exacerbado de la traición y de la ignominia. Demostrando su conciencia y la tranquilidad de todo sabio y estudioso al tanto del conocimiento que posee y que desea transmitir a sus interlocutores, Tibón repasa someramente el papel que juega Aztlán entre los mexicanos estadounidenses, aquellos que orgullosamente se hacen llamar ‘chicanos’. En la enumeración rápida y jugosa de ciertas actitudes que nos obligan a replantearnos exactamente no sólo nuestra identidad, sino también nuestra idea de lo que es ‘ser mexicano’; el autor resalta que a partir de la década de los setenta, el movimiento chicano puso ‘en boga’ a Aztlán, y quien contribuyó notablemente a este nuevo interés fue ni más ni menos que un norteamericano, Jack D. Forbes.
Forbes establece que el sur-oeste norteamericano era la ‘patria de los chicanos’, y su escrito mimeografiado fue ampliamente distribuido entre 1962 y 1963. Siguiendo con el detalle y deslinde de los hechos, Gutierre apunta que cierta Sara Estrella escribió en 1971 un poema titulado ‘Soy chicana de Aztlán’.
Y aún se permite agregar una referencia por demás escandalosa:
‘En 1972 Ester R. Pérez, con la colaboración de James y Nina Kallas, publicaron en Guadalajara una “reseña de historia mexicana” bilingüe, titulada Orgullo de Aztlán-Pride of Aztlan, que dedican “al espíritu de valor y nobleza que ha permanecido en nuestra raza desde que salió de Aztlán, hasta encontrarse nuevamente en la tierra de origen de sus antepasados, el México Americano.” Prologa el libro, escrito con tanta buena voluntad como abundancia de errores, Jorge Terrazas Acevedo.’
Tibón recoge un párrafo de este prólogo, en donde actualmente no encontramos rastros del lamentable espanglish, aunque parezca escrito por alguien que habla y escribe en español pensando en inglés, y preocupado, por si esto fuera poco, por mantener intacta e incólume su simpatía y compromiso por y con el chicanismo: ‘Orgullo de Aztlán pertenece al bilingüismo y biculturalismo fulcro de nuestra autoidentificación y radicalización (sic) como chicanos. La reconquista del poder y la reconquista de nuestra imagen, ambos son una responsabilidad dentro del chicanismo’.
¿De dónde proviene la difícil identificación de lo mexicano con lo azteca, de la búsqueda del ‘Return to Aztlan’ como una vuelta al paraíso perdido o al vientre materno? Tibón se atreve a esclarecerlo, por más que las razones sean dolorosas, casi increíbles:
‘Dice el mismo historiador [Durán] que los aztecas, según resulta por las pinturas y caracteres de la historia antigua eran del linaje de los toltecas y de la familia de Huetzitin. Este caballero, al decir del mismo cronista escapó con su gente y familia cuando la destrucción de los toltecas en el puerto de Chapultépec (…) y fue con ella por las tierras del reino de Michoacan hasta la provincia de Aztlan. El sucesor de Huetzitin, Ocelopan, acordándose de la tierra de sus pasados, acordó de venir a ella, trayendo consigo a todos los de su nación (…)Venía con ellos una hermana suya, mujer varonil llamada Matlálatl (…) Traían por su particular ídolo a Huitzilopochtli. Es fácil deducir que las raíces raciales, religiosas y lingüísticas de los aztecas eran toltecas […]’

El extranjero y la tierra
Se sabe que Gutierre Tibón fue sobre todo, un autodidacta, recibiendo a los 41 años su primer doctorado Honoris Causa [por la Universidad de San Nicolás de Hidalgo en Michoacán], esto por su labor de investigación y difusión de la historia de México, su lengua y sus tradiciones. Filólogo en toda la acepción de la palabra, Tibón nació en 1905 en Milán, Italia, viviendo prácticamente su vida toda en México, falleciendo en Cuernavaca, Morelos, en 1999. Su libro fue publicado en 1975, y es reconocido ampliamente como una exposición de la más alta erudición, y también de la preocupación máxima de un hombre que aprendió a amar, a querer a la tierra que le diera abrigo.
Quizá por esto mismo pocos tan calificados y capaces como él, de sacar adelante la empresa de recolección y explicación de los distintos sucesos que fueron fortaleciendo, enriqueciendo y también difuminando, lo que se encuentra detrás de la palabra México y la fundación de la ciudad que llevase el mismo nombre.
La lista de autores a quienes cita minuciosa y detenidamente se nutre con los nombres de Sahagún, Durán, Boturini, Ixtlilxóchitl, Tezózomoc, Torquemada, Molina, Seler, León-Portilla, León y Gama, Clavijero, Eguiara, Bernal Díaz, y Cortés.
Y por si esto fuera poco, se permite incluir referencias que a más de un lector podrían haber hecho brincar, como la siguiente:

México y las conejitas… de Playboy
Mé-xi-co significa, entre otras ochocientas cosas ‘el conejo en la luna’, y ‘el ojo del conejo’. Filólogo trabajando, Tibón define claramente al animalillo silvestre: ‘El conejo: humano, demasiado humano’. ¿Por qué nos agradan tanto los conejos? Responde Gutierre que es algo perdido en lo más profundo de nuestros instintos. ‘Nos agrada instintivamente la vida de esas criaturas, con sus preocupaciones inocentes: una vida infantil, despreocupada y serena.’
Además, y aquí viene la justificación de la referencia, los varones inconscientemente asocian al conejo con ‘el atributo de femineidad esencial: su prodigiosa fecundidad’. Mirando de cara al pasado, Tibón observa que a últimas fechas la simbiosis entre la simbología del conejo y la mujer joven ha dado paso a la aparición de un símbolo innegable de nuestra sociedad actual:
‘Me refiero a las conejitas, las bunnies que representan (antes en los Estados Unidos y en Canadá, y luego en todo el mundo) gracia y ternura femenina con cierto acento picante debido a las descomunales orejas de suave pelliza blanca. No olvidemos que la revista paladina de las conejitas tiene una tirada de casi siete millones, una de las mayores en nuestros días’ [Time, 30 de julio de 1973].
Basten estas citas y estas referencias para dar una idea muy general y también muy escueta de la riqueza del libro de Gutierre Tibón. Es tal la amenidad del texto, y la fecundidad y profusión de noticias y citas, que su lectura puede comenzarse en cualquiera de sus trece capítulos, rebosantes de amor, simpatía y cariño por este país; su libro es, finalmente, una imagen exacta de la increíble riqueza, variedad, y también accidentada esencia de México, su nombre, su tierra y su gente.



Ad notanda

Tibón no dejó fuera de su libro la simbología del Escudo Nacional. La reproducimos a continuación con la seguridad de que a más de un lector le resultará muy ilustrativa, además de esclarecedora: son tantas las erratas, exageraciones y mentiras que al respecto circulan en varias publicaciones, que el texto de Tibón resulta de enorme utilidad:

«Simbolismo del Escudo Nacional

Sin el fundamento de lo que precede, no hubiera podido desentrañar la verdadera interpretación del escudo nacional. En el escudo está escrito crípticamente el místico binomio: me(ztli), Luna y conejo lunar, transfigurado por voluntad divina en nopal; xic(tli), ombligo, se presenta en su forma clásica y arquetípica de piedra; co es “en”. Las tres voces componen Metzxicco, o sea México. Sobre el nopal un águila, símbolo del Sol, desgarra una serpiente, figuración de la oscuridad nocturna, reino de la Luna. Esta lucha cósmica significa la derrota del culto lunar y el triunfo del Sol como suprema potencia divina de los mexicas.
El segundo nombre se compone con te(tl), piedra, que alude otra vez al ombligo (como el ónfalo de Delfos), pero también a la tuna dura colorada, noch(tli), cuyo jugo es rojo como sangre: la de los corazones humanos sacrificados al Sol. Con el locativo títlan se integra Tenochtitlan. Todo emerge de la laguna y de la diosa del agua. Esta síntesis genial se debe a la inteligencia de los tlacuilos.»






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jueves 29 de octubre de 2009

29 octubre 2009

Del sentimiento trágico de la vida

La filosofía responde a la necesidad de formarnos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida, y como consecuencia de esa concepción, un sentimiento que engendre una actitud íntima y hasta una acción. Pero resulta que ese sentimiento, en vez de ser consecuencia de aquella concepción, es causa de ella. Nuestra filosofía, esto es, nuestro modo de comprender o de no comprender el mundo y la vida, brota de nuestro sentimiento respecto a la vida misma. Y esta, como todo lo afectivo, tiene raíces subconscientes, inconscientes tal vez.
No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo, de origen filosófico o patológico quizá, tanto el uno como el otro, el que hace nuestras ideas.
Tales son los postulados con los que el filósofo español Miguel de Unamuno comienza su libro, terminado de escribir en 1912 y publicado apenas un año después, en 1913. Considerado uno de sus libros principales, Del sentimiento trágico de la vida aborda temas tan espinosos como la fe, la creencia en la vida después de la muerte, y finalmente, la existencia de Dios.

Homo sum
¿Qué es ser hombre? ¿Qué es lo que distingue al hombre de los demás animales? ¿Qué es eso que comúnmente llamamos ‘razón’?
Unamuno se enfrenta a las cuestiones fundamentales, base y fuente de toda filosofía. Descarta a la razón como sustentante de la identidad, de la esencia humana, y se inclina por el lado del ‘sentimiento’ o el ‘afecto’: “El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado.”
Es precisamente en esta lucha sempiterna entre la razón y el sentimiento, entre el sentido común y el instinto, que podemos situar al hombre con sus aspiraciones, sueños y obras.
Las armas con las que cuenta Unamuno son su inconmensurable bagaje filosófico, y su erudición crítica [aprendió, por ejemplo, danés, para leer a Kierkegaard]. Repasa de manera rápida y también profunda distintas escuelas y corrientes filosóficas y propone distintos ejemplos mediante los cuales se observa ese vaivén que se ha mantenido constante, desde las primitivas filosofías representadas por aquellas obras de teatro escritas por los cómicos latinos [Terencio, por ejemplo] y deteniéndose también en la filosofía de Tomás de Aquino, de Kant, de Kierkegaard, de Juan Bautista Vico [quien ‘vio que la filosofía espontánea del hombre era hacerse regla del universo guiado por instinto d'animazione’] haciendo una observación demoledora en lo tocante al ‘positivismo’ [entre otros males que hizo, fue el de traernos un género tal de análisis que los hechos se pulverizaban con él, reduciéndose a polvo de hechos], desbrozando la filosofía de Spinoza a quien ‘le dolía Dios’, y proponiendo una nueva filosofía del conocimiento, otra epistemología.

¿Utilidad?
Todo conocimiento tiene una finalidad, dictamina Unamuno. No es fortuito que arremeta contra los filósofos que se empeñan en recrearse en sus silogismos, raciocinios falseados, que poco o nada tienen que ver ‘con el hombre de la calle’, el hombre que sufre y se atormenta al no poseer una respuesta clara ante la existencia o la negación absoluta de Dios, o siquiera de una vida humana guiada según un ciego propósito extra-humano. Su idea es muy clara: ‘Si un filósofo no es un hombre, es todo menos un filósofo; es, sobre todo, un pedante, es decir, un remedo de hombre.’
Unamuno gustaba de leer entre líneas, y era el maestro experto en desenmascarar las intenciones ocultas detrás del discurso. Por eso hablaba con un corazón atormentado que da la impresión de estar indefenso, incomprensiblemente expuesto, y aún así, permitiéndole mantenerse firme, coherente con su exposición y discurso. Filosofar es algo indispensable para poder vivir, por más que el hombre necesite vivir para poder filosofar. Es por esto que la Ethica de Spinoza puede leerse no ya como una apretada y árida amalgama de silogismos y corolarios, ‘ordine geometrico demonstata’ [demostrada con orden geométrico] sino como un salmo lúgubre, un desesperado poema elegíaco.
Unamuno consigue que el hombre común adquiera conciencia de su obligación de filosofar y hacer frente a esas preguntas que se pueden acallar con mil y un vicios, con mil y una evasiones, y que sólo son verdaderas y genuinas manifestaciones de la naturaleza humana en cuanto lucha y esfuerzo continuos contra lo insondable.

No quiero morirme del todo
Si la filosofía es útil al hombre y le ayuda a hacer frente a este ‘sinsentido’ que es la vida, es porque sobre todo nos ayuda a gritar, a dolernos, poniéndonos en la boca aquello que el corazón y el cerebro pocas veces se atreven a formular, a susurrar siquiera: el miedo a la muerte, la incerteza de no saber si todo se acaba aquí.
Comúnmente hay dos posturas, irreconciliables una con otra. Unamuno las sobrepasa, dejando claro que ambas juegan partidas de antemano empatadas, donde la incerteza es lo único seguro:
…hay tres soluciones: a) o sé que me muero del todo y entonces la desesperación irremediable, o b) sé que no muero del todo, y entonces la resignación, o c) no puedo saber ni una cosa ni otra cosa, y entonces la resignación en la desesperación o esta en aquella, una resignación desesperada, o una desesperación resignada, y la lucha.
Y si en algo cotidiano que todo hombre experimenta, no hay certeza alguna que nos acompañe sino tan sólo la seguridad de que la vida del hombre es una duda y lucha constantes, qué decir cuando pensamos en la posibilidad de la existencia de Dios.

Dios, inmortalidad y dignidad humana
¿Cómo puede vivir y gozar de Dios eternamente un alma humana sin perder su personalidad individual, es decir, sin perderse? ¿Qué es gozar de Dios? ¿Qué es la eternidad por oposición a tiempo? ¿Cambia el alma o no cambia en la otra vida? Si no cambia, ¿cómo vive? Y si cambia, ¿cómo conserva su individualidad en tan largo tiempo?
La antítesis entre una conciencia personal y un Dios que tiende a absorberlo todo y es perfecto sólo porque en él serían todos y cada uno de los hombres, todas y cada una de las cosas creadas -es decir, sería la unidad absoluta, la totalidad conciente-, despiertan en el filósofo más dudas y preguntas que respuestas.
Pero Unamuno no cede. Se encuentra ante aquello que, sólo al ser formulado, podría abatir a cualquiera menos dispuesto a la lucha.
El último giro, las últimas reflexiones de Unamuno, devuelven al hombre aquello que la concepción mojigata de la religión, de Dios, de la filosofía y de la historia –entendida como una concatenación más o menos afortunada de hechos- le arrebatan día tras día: su dignidad, empañada por la figura del hombre sufriente, del hombre dolido, herido.
Entre tantas incertidumbres, tanto dolor, sufrimiento y falsas esperanzas, entre tantas apuestas a lo desconocido y alienaciones voluntarias, Unamuno rescata al hombre mostrándole que en su individualidad tiene el germen de la divinidad.
Cada hombre es, en efecto, único e insustituible; otro yo no puede darse; cada uno de nosotros -nuestra alma, no nuestra vida- vale por el Universo todo.
Dignificado el hombre, Unamuno también consigue dignificar la obra del hombre, su filosofía, su historia, la fuerza y el empeño de la razón que ya no arremete contra aquello que está fuera de nuestra limitada y miope intelectualidad. El deslinde que hace Unamuno sigue manteniendo su vigencia, noventa y siete años después de haber sido formulado:
Y ahora viene de nuevo la pregunta racional esfíngica -la Esfinge, en efecto, es la razón- de: ¿existe Dios? Esa persona eterna y eternizadora que da sentido -y no añadiré humano, porque no hay otro - al Universo, ¿es algo sustancial fuera de nuestra conciencia, fuera de nuestro anhelo? He aquí algo insoluble, y vale más que así lo sea. Bástele a la razón el no poder probar la imposibilidad de su existencia.



Ad notanda

Avalanchas de estudios críticos y concienzudos análisis de la obra de Unamuno se han estrellado, haciéndose añicos, al enfrentar la polémica cuestión de si la filosofía de Unamuno tendía a una reconciliación con el catolicismo, si finalmente estuvo a un paso de reconciliarse consigo mismo, retornando a la fe que perdiera en su adolescencia.
Lo cierto es que, leyendo sin prejuicios sus libros y sobre todo, aquellos escritos en la última etapa de su vida, no se encuentra afirmación alguna que permita suponer siquiera que Unamuno volvería al catolicismo, con una renovada fe en el Cristo.
Su vida se mantuvo honesta, coherente hasta el extremo, con aquello que sus libros y ensayos, poemas y ‘nivolas’ resuman: una humanidad que no se resigna a perecer, y que es indispensable para la comprensión y existencia de Dios, tanto o más que aquella ‘materia prima’, el ‘ser’ que la metafísica se empeña en poner por sustrato de todo lo creado, quasi emanación directa de Dios mismo.
‘Del sentimiento trágico de la vida’ es el antecesor directo de ‘El laberinto de la soledad’, de Octavio Paz.
Las máscaras que acusó y denunció Paz en la sociedad mexicana a mediados del siglo pasado Unamuno las identificó y aunó en el orgullo español de proclamarse ‘ateo’. Hermanó ateísmo con el racionalismo: ambos serían la réplica al catolicismo involucrado en las esferas de la sociedad, intelectualidad, economía, tradición y moral españolas.
Con su estilo punzante, casi inmisericorde, Unamuno, el español, habla de los españoles, Unamunos a sabiendas o sin saberlo y también entre la espada y la pared.
‘La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida’, escribió Paz. Unamuno, quien afirmara que la ‘la metafísica es siempre, en su fondo, teología, y la teología nace de la fantasía puesta al servicio de la vida’, logró identificar dónde se encontraba la raíz de esa contradicción que acuciaba a los españoles -contradicción que de alguna extraña manera también hemos recibido en herencia-:
Y puesto que los españoles somos católicos, sepámoslo o no lo sepamos, queriéndolo o sin quererlo, y aunque alguno de nosotros presuma de racionalista o de ateo, acaso nuestra más honda labor de cultura y lo que vale más que de cultura, de religiosidad -si es que no son lo mismo-, es tratar de darnos clara cuenta de ese nuestro catolicismo subconciente, social o popular. Y esto es lo que he tratado de hacer en esta obra.








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